A 100 años del impacto en Tunguska

Junio 2008

 

 

El 30 de junio de 1908 se registró un fuerte impacto en Tunguska, una enorme bola de fuego atravesó el cielo de Siberia.

 

Los investigadores estiman que pudo ser un bólido rocoso, de entre 40 y 60 metros de diámetro, aunque no se han encontrado fragmentos que puedan confirmar la hipótesis.

 

La explosión provocó incendios y derribó numerosos árboles, en una extensa área de más de 2 mil metros cuadrados.

 

A kilómetros de distancia se podía observar una columna de humo semejante al hongo que forman las bombas atómicas.

 

 

Escrito por Jesús A. Guerrero

 

En la madrugada del día 30 de Junio de 1908, en la región de Siberia donde fluyen los ríos Podkamenaya Tunguska y Nizhniaya Tunguska, ocurrió una gigantesca explosión que superó en dos mil veces la bomba lanzada en Hiroshima.

 

El primer investigador en llegar al sitio del acontecimiento fue Leonid Kulik, quien arriba al lugar de la tragedia 19 años después de que ocurriera. Kulik consiguió con bastante problema los servicios de un guía de nombre Ilya Potapovich Petrov e inició en abril de 1927 los trabajos científicos para desentrañar lo ocurrido.

 

Kulik realizó varias expediciones hacia el sitio de Tunguska, hasta que debido a la II Guerra Mundial debió suspenderlas.

 

Leonid Kulik murió en la II Guerra Mundial. Este infeliz acontecimiento retrasó el trabajo científico hasta el año de 1958, cuando se reinician las investigaciones con el trabajo conducido por el científico K. Florenski.

 

 

Árboles calcinados y derribados con el típico patrón circular de los eventos de alta energía.

Fotografía de la segunda expedición de Kulik, en 1927.

 

 

Tunguska en 2006

 

 

 

La explosión de Tunguska cumple 100 años llenos de interrogantes

Por Octavio Planells – elperiodico.com

 

Cien años, mil indicios, algunas hipótesis y pocas pruebas. El catastrófico fenómeno que azotó la región de Tunguska (Siberia, Rusia), el 30 de junio del 1908 sigue sin explicación. La incertidumbre persiste, aunque una alta probabilidad apunta al impacto de un asteroide o un cometa. Pero hasta la fecha no han hallado restos de ningún meteorito más que un posible cráter del impacto.


Hoy hace un siglo, la cuenca del río Tunguska amaneció con una ensordecedora explosión que mucha gente pudo escuchar desde 800 kilómetros de distancia --la existente entre Barcelona y Jaén--. La onda expansiva arrasó 2.150 kilómetros cuadrados de bosque, una extensión equivalente a la isla de Tenerife. Unos 80 millones de árboles sucumbieron a su embestida y se desplomaron en la dirección de avance del frente. La deflagración calcinó la flora y la fauna de la región, y devastó Vanavara, un pequeño poblado situado a 60 kilómetros. Un hongo de polvo y cenizas se alzó hasta los 15 kilómetros de altitud y originó una lluvia de oscuros copos en toda la zona. Por la noche, un cielo 100 veces más brillante de lo habitual permitió a los habitantes de cientos de ciudades europeas como Londres, Berlín o Burdeos, leer la prensa o tomar fotografías sin luz artificial.


Las convulsiones políticas de Rusia en esa época retrasaron 19 años la primera expedición a la región. Esta estuvo capitaneada por el minerólogo Leonid Kulik. "Cuando Kulik vio por primera vez la magnitud del fenómeno, sintió tal congoja que retrocedió a por más ayuda", narra Salvador Ribas, investigador del Departamento de Astronomía y Meteorología de la Universitat de Barcelona, y director científico del Parc Astronòmic Montsec. "El minerólogo atribuyó el desastre a la caída de un asteroide, pero nunca encontró restos de hierro meteórico", añade.

 

A 70.000 KILÓMETROS POR HORA


La falta de pruebas en las numerosas expediciones posteriores llevó a los científicos a especular entre asteroides, cometas, antimateria, agujeros negros, platillos volantes y algunas hipótesis mucho más esotéricas. Las más aceptadas son las dos primeras. Según Ribas, "la velocidad del bólido rondaba los 70.000 kilómetros por hora". "El rozamiento con los gases de la atmósfera a esa velocidad le causaron la incandescencia y la desintegración de su superficie".


La orientación de los árboles arrancados ha permitido a los expertos calcular algunas características del fenómeno. Por ejemplo, el cuerpo medía entre 60 y 100 metros de diámetro y penetró en la atmósfera con un ángulo de 15 a 45 grados".
A una altitud de ocho kilómetros, la energía que había adquirido el bólido era tan elevada que estalló, dando lugar a la catástrofe. "La explosión fue equivalente a 1.000 bombas de Hiroshima", añade Ribas.


En el 2007, físicos de la Universidad de Bolonia hallaron un posible cráter creado por un fragmento del meteorito. Según Ribas, "los italianos afirman que el lago Cheko --el supuesto cráter-- no aparecía en ningún mapa anterior a 1928". El descubrimiento de los italianos ha suscitado numerosas críticas, entre otras, que la tasa con que se acumulan los sedimentos en ese lago indica que ya existía 1.000 años atrás. Estos días, Longo y sus colegas han vuelto al lago Cheko para averiguar su antigüedad. Si verifican que tiene 100 años, los científicos habrán encontrado la primera pieza del rompecabezas. Si es más viejo, el enigma continuará, quizá, otros 100 años.

 

 

 

 

Tunguska, el fin del mundo

Por Rafael Mañueco – ABC España

 

Hace hoy un siglo, el 30 de junio de 1908, a las siete y cuarto de la mañana, se produjo en pleno centro de Siberia la mayor deflagración que jamás había conocido el ser humano. Su potencia fue 185 veces superior a la bomba atómica de Hiroshima. La catástrofe tuvo lugar en un lugar situado en las cercanías del río Podkámennaya Tunguska, afluente del Yeniséi, en la región que actualmente se llama Evenkiiski. La sacudida llegó a ser detectada en Londres y San Francisco.

 

Vanavara es la aldea más cercana al epicentro de la explosión, 65 kilómetros exactamente. Allí se hallaban aquella mañana dos de los testigos que, 19 años después, relatarían sus impresiones sobre lo observado a Leonid Kulik, el primer científico que puso el pie en la zona para tratar de esclarecer lo sucedido. Kulik cuenta en su diario que aquellas personas, un granjero y un leñador, miraron hacia el norte y vieron cómo desde el este se acercaba una enorme bola incandescente. Avanzaba a gran velocidad con trayectoria descendente dejando tras de sí una densa estela de humo y polvo.

 

Sintieron como si se les quemara la piel y escucharon una descomunal explosión. Una intensa luz les cegó y la onda expansiva les arrojó al suelo. Pocos segundos después, las casas de madera de los pocos habitantes de Vanavara fueron zarandeadas por un temblor de tierra equivalente a un terremoto de 5 grados en la escala de Richter. El maquinista del Transiberiano detuvo el tren por miedo a descarrilar.

 

Desde cientos de kilómetros a la redonda se pudo ver una inmensa columna de humo semejante al hongo que se forma tras una explosión atómica. Así lo constataron en aquel entonces habitantes de distintas localidades de la región. El cataclismo tumbó los árboles de la taiga siberiana en una superficie de 2.150 kilómetros cuadrados y se declaró un incendio que acabó con 200 kilómetros cuadrados de bosque.

 

Los troncos de muchos árboles, no obstante, aunque desprovistos de ramas y chamuscados, se mantuvieron erguidos: «Como si fueran postes de líneas telefónicas», señala Donald Yeomans, responsable del Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA y uno de los mayores especialistas en este fenómeno. Algo similar fue observado tras la explosión nuclear en Hiroshima.

 

En un campamento nómada de las etnias locales, situado a 20 kilómetros del lugar de la explosión, perecieron casi un millar de renos. Los animales sufrieron quemaduras o salieron despedidos por el aire. No existe un cálculo del número de personas que perdieron la vida aquel día. La zona es de difícil acceso y sigue prácticamente despoblada, pero muchos murieron en los días posteriores debido a «extrañas enfermedades» lo que, junto a las mutaciones detectadas en plantas y animales, induce a pensar en emisiones radiactivas.

 

El polvo levantado durante la explosión enturbió la atmósfera durante varias semanas, según lo que ahora se conoce como el «efecto invernadero». Sin embargo, aumentó considerablemente la luminosidad nocturna. Las nubes se formaban a una altura de 80 kilómetros y, al reflejarse en ellas, los rayos solares daban como resultado «noches blancas», que fueron visibles incluso en Europa occidental.

 

Kulik encabezó la primera expedición a la zona en 1927. Hizo varios viajes hasta que, durante la II Guerra Mundial, murió en un campo de concentración nazi. Las investigaciones se reanudaron en 1958 y, desde 1990, se empezó a permitir la participación de científicos extranjeros. Nunca se encontró un cráter que demostrase que aquel objeto celeste impactara con el suelo, aunque algunos apuntaron al lago Cheko.

 

Las conclusiones apuntan en la actualidad a que el causante de aquel pequeño «fin del mundo» debió ser un meteorito o un cometa de unos 80 metros de diámetro. Entró en la atmósfera terrestre a una velocidad de 30 kilómetros por segundo. Se cree que explotó en el aire en cuatro grandes trozos a una altura de 8 kilómetros, y liberó una energía de 37 megatones. Provocó perturbaciones en el campo magnético terrestre y fuertes oscilaciones de la presión atmosférica. En zona poblada hubiese matado a cientos de miles de personas.

 

 

 

El misterio de Tunguska “resuelto”

BBC Mundo en Español (2001) – Fragmento

 

Para el equipo de astrónomos italianos la evidencia apunta a un asteroide de baja densidad.

 

El agresor llegó del espacio, explotó en la atmósfera y se desintegró sobre la región Siberiana, causando un desastre pero borrando sus huellas.

 

La explosión sobre el terreno habría sido equivalente a más de 10 millones de toneladas de TNT.

 

El hecho de que Tunguska sólo hubiera estado habitada por algunos cazadores evitó una masacre. Si el impacto hubiera sido sobre una capital europea, cientos de miles habrían perecido.

 

El fuego quemó más de 60 mil árboles. La ola expansiva generada por el impacto dio dos veces la vuelta a la Tierra. Por dos días hubo tanto polvo en la atmósfera que un transeúnte en las calles de Londres -a 10 mil kilómetros de Siberia- podía leer un diario en plena noche debido a la dispersión de la luz.

 

Pero a pesar de tanta espectacularidad, nadie fue enviado por los zares rusos a la región, demasiado remota para ser importante.

 

Los científicos italianos han analizado los registros sísmicos de varias estaciones siberianas; combinaron la información con las huellas dejadas en los árboles por la explosión y rastrearon testimonios de pobladores del lugar que nunca fueron traducidos del ruso. "Esto nos ha permitido calcular la órbita del cuerpo cósmico que chocó contra nosotros", dijo Luigi Foschini, uno de los líderes de la expedición italiana. El objeto se aproximó a la Tierra por el sudeste de Tunguska a una velocidad aproximada de 11 kms. por segundo.

 

De las 886 órbitas validas de las que pudo haber salido el agresor, más del 80% son órbitas de asteroides, mientras que la minoría corresponde a órbitas asociadas con cometas.

 

¿Pero cómo no dejó ninguna huella?

 

"Probablemente", calcula Foschini "porque era un objeto similar al asteroide Matilde, que fue fotografiado en 1997."

 

"Matilde es un montón de escombros con una densidad muy similiar a la del agua. Esto significaría que pudo explotar y fragmentarse en el aire, y sólo la onda expansiva del impacto alcanzó la Tierra".

 

 

 

 

En este reporte se exponen algunas teorías que pretenden explicar el suceso de Tunguska. Se aluden causas tan diversas como: caída de meteorito, explosión atómica, impacto de ovni, terremoto, etc.

 

Conozca el interesante artículo de José Manuel García Bautista publicado en Ángulo 13:

 

http://www.angulo13.com/angulo13_bautista_4.htm

 

 

 

Informa: Ana Luisa Cid